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J. Benito Fernández, El incógnito Rafael Sánchez Ferlosio. Apuntes para una biografía. Madrid, Árdora, 2017.
ISBN 13: 978-84-88020-60-4.
24 euros.
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Rafael Sánchez Mazas

Sobre la biografía de Ferlosio que acaba de publicarse.

El libro:

J. Benito Fernández, El incógnito Rafael Sánchez Ferlosio. Apuntes para una biografía. Madrid, Árdora, 2017.
ISBN 13: 978-84-88020-60-4.
24 euros.

Una entrevista al autor:

“P.- A la biografía de su padre le dedica bastante espacio en el libro.
R.- Es que Sánchez Mazas es un personaje fascinante. Su vida está recorrida por la suerte: Luca de Tena lo envía a Roma de corresponsal, allí conoce a Liliana, hija del banquero millonario del Vaticano, Romolo Ferlosio, luego estalla la Guerra Civil Española, se libra de la muerte y al fugarse de prisión, de la que le salva Indalecio Prieto, se pone a salvo en la embajada y más tarde se escapa de esa misma embajada. Se fuga, se libra de un fusilamiento. Acaba la guerra, Franco le nombra ministro, pero como era tan vago, indolente e inútil para cualquier asunto práctico, lo cesa y le quita su sueldo de ministro. Tan mal lo pasó que mandó a sus hijos y mujer a Roma a vivir del abuelo, pero cuando está al borde del colapso económico, cuando está él mismo a punto de embarcar para Italia, recibe una llamada de Coria en la que le dicen que ha muerto su tía Julia Sánchez Hernández y que él es heredero de una fortuna que le acaba convirtiendo en terrateniente y vive toda su vida de las rentas. ¿No es increíble?
(…)
Sánchez Mazas no era un político. Era un hombre cultísimo fascinado con la estética del fascismo. De hecho intercede ante Franco por amigos suyos de izquierda. No era capaz de matar a nadie. La política le aburría, por eso no iba a los consejos de ministros. A mí Soldados de Salamina me gustó, y no pongo en duda el relato de Cercas del fusilamiento fallido sino el de Sánchez Mazas ante su familia. Es demasiado novelesco. Pero él lo contó así siempre, se lo contó así a sus hijos.”

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Rafael Sánchez Mazas

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El nacionalismo

El nacionalismo me produce claustrofobia. Me da igual que la rojigualdez sea española o catalana. O Polaca. O de Marte (tiempo al tiempo). El nacionalismo es como un ascensor: es estrecho y solo sube y baja, pero nunca va a ninguna parte.

Ferlosio manifestó hace unos días algo que los periódicos han reflejado y reproducido hasta la saciedad: el aburrimiento que le produce la cuestión catalana.

El aburrimiento, la estrechez y otras sinrazones aumentaron últimamente mi necesidad de cosas buenas y bellas, así que, para asegurarme el disfrute, decidí leer solo autores con garantía, en este caso, garantía austrohúngara: Robert Musil, Joseph Roth, Franz Werfel, Stefan Zweig.

Que las obras de todos ellos muestran el ocaso del imperio austrohúngaro a comienzos del siglo XX es algo sabido. Lo que nos interesa en este caso es que ese ocaso está entretejido, en todas las novelas, ensayos y artículos periodísticos, con la crítica de los por entonces nacientes y crecientes nacionalismos europeos -lo que se reflejó en el fuerte desarrollo de las literaturas nacionales-, el cuestionamiento del concepto de patria y la defensa del cosmopolitismo –encabezada por Zweig. Si bien todo esto es inseparable de una defensa del imperio que hoy resulta no solo trasnochada, sino difícilmente sostenible, sí tiene interés constatar la actualidad de los problemas descritos en estos textos de hace un siglo: la violencia (entonces la IGM), la xenofobia (entonces el antisemitismo) y la migración forzosa (entonces el exilio judío).

La más feroz crítica del nacionalismo la encontramos en Roth, pero no en sus obras mayores, como La marcha Radetzky o La Cripta de los Capuchinos, sino en en una novelita de 59 pequeñas páginas. De su protagonista, el conde Morstin, nos dice Roth que:

“No se consideraba ni polaco ni italiano, ni tampoco un aristócrata polaco ni un aristócrata de origen italiano (…) era uno de los más nobles y puros tipos del austriaco sin más, es decir: un hombre por encima de las nacionalidades y, por consiguiente, un auténtico noble” (p. 6)*.

Roth asegura que a nadie se le hubiera ocurrido una cosa tan absurda como la de preguntarle al conde por su nacionalidad, pero, si así hubiera sido, el conde se habría quedado “perplejo” y, como Ferlosio y muchos de nosotros, “aburrido”. Y es que el conde hablaba todas las lenguas europeas, se sentía como en casa en todos los países de Europa y sus parientes y amigos vivían por todo el ancho mundo. Cuando el conde se pregunta a sí mismo qué será la patria, duda entre “el uniforme de los gendarmes y guardas de aduana” o “el pino y el abeto, el pantano y la pradera, la nube y el arroyo” (p. 26) y concluye que la única patria posible es una patria para los apátridas (p. 27). Para más inri, cuando el conde tiene que salir de viaje, descubre que después de la Gran Guerra son necesarios el pasaporte, el visado y otras férreas formalidades.

Roth aprovecha para citar al dramaturgo austriaco F. Grillparzer (1791-1872), quien escribió eso de: “de la humanidad a la bestialidad por el camino de la nacionalidad”, y caracteriza el nacionalismo como el más bajo y vulgar de los afectos, algo que solo sienten aquellos que quisieron y no pudieron por falta de talento.

Justo antes de que el conde tome la decisión de dar protagonismo a lo que da título a la obra, mantiene un jocoso diálogo con un tabernero judío llamado Salomón en el que salen a relucir varios binomios que tienen un pie en el viejo mundo del sacrosanto imperio de los Habsburgo y el otro en el nuevo mundo del hombre moderno al que tanto ridiculiza Musil en El hombre sin atributos.

Previa mención de Darwin, el conde alude a esta nueva necesidad de los hombres de pertenecer no ya a distintas especies, sino a distintas naciones, y se plantea la posibilidad de que sea el mono el que descienda del nacionalista, y no viceversa. Y no contento con blandir irónicamente la espada de la ciencia, empuña también y en el mismo tono la de la religión:

“Tú que conoces la Biblia, Salomón, sabrás que en ella está escrito que el sexto día Dios creó al hombre, no al hombre nacional” (p. 21)*.

Dense el gusto de lo bueno y de lo bello: cambien la prensa y televisión por las novelas de Joseph Roth. Los problemas  siguen siendo esencialmente los mismos, el tratamiento es de altura y resulta delicioso, irónico y elegante y nunca, nunca, aburrido.

Y recuerden a Roth: la nobleza no la dan los apellidos, sino el saber sobreponerse a la tentación de la identidad. Lo demás nos aboca a la guerra.

* Joseph Roth, El busto del Emperador. Barcelona: Acantilado, 2011. Trad.: I. García Adánez.

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“(Anti-España, 2). ¡Ay, Dios mío! Tengo miedo de haberme vuelto tan histérico para ciertas cosas que ya es que no me van a aguantar ni las paredes. Me basta con que se me junte, por un lado, en el rabillo del ojo el tremolar de la más inocente rojigualda, limitándose acaso a celebrar la cobertura de aguas de una obra, por otro, ya de frente a la pupila, un cartel de toros de una corrida en Castellón de la Plana todavía chorreando pegajosos y hasta obscenos goterones de engrudo blanquisucio y, en fin, para rematar, en el oído cuatro o cinco compases de El gato montés o de Marcial, tú eres el más grande, allá en la lejanía para que, literalmente, me prendan fuego cuerpo y alma a la vez en medio de la calle y clame a toda voz, no sé si al cielo, a la tierra o al infierno, como si fuese mi último suspiro ‘¡¡¡Odio España!!!’ (Os juro, amigos, que no puedo más).”

Rafael Sánchez Ferlosio, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos.

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crónicas del 90 cumpleaños de Rafael Sánchez Ferlosio

De lo mucho que se ha publicado entre ayer y hoy sobre cómo fue la celebración oficial del cumpleaños de Rafael Sánchez Ferlosio, me quedo con lo que ha escrito Javier Rodríguez Marcos, con un título tan dicente como “Personas y babuinos“.

En cuanto a las crónicas no oficiales, ahí va la que he escrito en La playa de Madrid, con esta foto como abrebocas.

Rafael Sánchez Ferlosio, entre Demetria Chamorro y el ministro de Educación, Cultura y Deporte.

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“Ferlosio” (acrílico sobre lienzo).

Miguel Hernández, Bogotá, 2017.

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Las lecturas de Ferlosio

“He leído mucho a Theodor Adorno, y a Max Weber. Los frankfurtianos sobre todo. Y Walter Benjamin. ¡Ay Benjamin, ése es más difícil que la puñeta!
¿Y escritores?
Kafka, por supuesto.
¿Y Proust?
Nunca lo he leído
¿Cervantes?
Cervantes por supuesto. En el Quijote mete demasiada crítica literaria. Las conservaciones (sic) del libro son conversaciones literarias entre dos personajes para decir sus gustos, sus opiniones literarias. Usa el libro para eso. Así sabemos que el Amadís de Gaula es el libro que más le gusta. Y la invención, claro. Es lo que más me interesa. En Carácter y destino tengo un ensayo sobre él. (…)
Baroja tiene libros divertidos. Unamuno tiene mucho interés, mucho interés; pero sus versos no, son horribles. Unamuno es muy inteligente.”
Lo que ahora releo es el Calila y Dimna [una serie de historias indias de hace más de 1.500 años que Alfonso X el Sabio mandó traducir del árabe y recuperó Páginas de Espuma y cuyo texto fue acercado al español de hoy por José María Merino].
Entrevista de Manuel Llorente. El Mundo, domingo 3 de diciembre de 2017.

 

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entrevistas

A veces las gráficas nos permiten hacernos una idea rápida y general de algo.
Si plasmáramos en una gráfica la calidad de las entrevistas que le han hecho a Ferlosio,
se nos haría evidente cómo a medida que nos acercamos al presente la línea va tendiendo a cero.

rsfEn unos casos se debe al obsceno peloteo del entrevistador hacia el entrevistado, en otros al desconocimiento de la obra de Ferlosio por parte de quien hace las preguntas, en otros a la insistencia en preguntarle siempre lo mismo, en otros a que el entrevistador no es tal y, por lo tanto, no tiene ni la menor idea de cómo hacer una buena entrevista, etc…

Sin embargo, me gustaría compartir la entrevista que rompe la continuidad descendiente de esa, por tanto, falsa línea. (He aquí el doble filo de la presentación gráfica de la información. Nada de lo humano es tan simple.)

Se la hizo a Ferlosio el periodista César Coca con ocasión de la publicación de Campo de retamas y se publicó el domingo 12 de abril de 2015 en El correo en las páginas 68 y 69 pertenecientes a la sección de Culturas y sociedad con fotografías de Óscar Chamorro.

Entresaco, a modo de pecios, una muestra de buenas respuestas a buenas preguntas:

– “En la Historia, hasta las derrotas son gloriosas”.

– “… lo humano es la amistad. Cuando se habla de cohesión social a mí me suena a pegamento. Siempre me ha parecido que se refiere a cosas. Con las personas lo veo improcedente”.

– “Hay que corregir para hacerlo bien, no para ganar”.

– “El capitalismo destruirá el mundo antes de desaparecer.”

– “las marionetas que tienen más cuerdas son los (sic) que disponen de más libertad de movimientos. Es una paradoja: la marioneta puede decirle a su liberador que no le corte las cuerdas porque quedará inerme en el suelo. Cuanto más complejas sean las cuerdas y contracuerdas –y eso es la cultura– más libertad de movimientos. Es una alegoría”.

– “No comprendo por qué crece el islamismo. La lectura del Corán es muy difícil”.

– “no creo que dure mucho la pretensión del califato. No por una derrota militar, sino por el fin de los ingresos del petróleo”.


César Coca:
Periodista de El Correo y Profesor en la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) (cv)
Blog y Twitter

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