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Ya no es secreto: en junio se publicará De algunos animales. Bestiario ilustrado, una gran reserva habitada por alcaravanes, lobos, ratones, gecos y demás fieras nacidas de los ensayos, pecios, novelas, cuentos y artículos de Ferlosio, ahora acompañadas por algunas de las ilustraciones que el zoólogo alemán del siglo XIX Alfred E. Brehm reunió en su obra Tierleben (Vida de los animales), resultado de sus exploraciones por Europa y África.

Fuera de quien fuera la idea de esta edición de lujo, gracias.

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Rafel Sánchez Ferlosio, De algunos animales. Bestiario ilustrado.

Barcelona, Literatura Random House, 2019.

160 páginas, tapa dura.

ISBN: 9788439736424

19,90 euros.

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Ferlosio veinteañero

Rafael Sánchez Ferlosio con 29 años

La muerte de Rafael Sánchez Ferlosio hoy lunes 1 de abril de 2019 me encuentra a en Colombia. Justo ayer, alguien que me cuida y me alimenta me envió esto que entonces no pude leer y que hoy, a pesar de la tristeza, he sentido como un regalo de la fortuna. Ojalá también pudieran sentirlo así Demetria, tan presente hoy a pesar de los 10.000 km. de distancia y de las siete horas de diferencia, y Laura. Nada de escritos apresurados hoy. Hoy es día de duelo. Que la muerte sea excusa para el recuerdo.

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Los mitos, la moral y el tiempo

La labor del artista se distingue de la del artesano por su distinta relación con el tiempo: mientras este trabaja para cubrir las necesidades del momento, la obra de aquel es atemporal, aspira a la eternidad y no se arrodilla ante su época. De ahí que del periodista Ludwig Speidel se dijera que “escribía para el día como si lo hiciera para la eternidad“.  Con él y con Karl Kraus es comparado Ferlosio por la periodista Silvia Cruz Lapeña en un artículo que reivindica a Ferlosio para el periodismo, pero no como noticia, “Ferlosio cumple 90 años“, sino como fuente que debería leerse en las facultades universitarias.

El texto, como todos los publicados en ctxt, tiene una extensión de esas que alivian largas esperas en ministerios, hospitales y comisarías.

En algún momento algún contador de historia s creará un mito sobre un tiempo en el que los humanos eran capaces de leer textos de más de dos palabras sin cansarse, desconcentrarse ni tener problemas de desmemoria e incomprensión, y provocará en sus oyentes la misma admiración que provoca en nosotros saber que hace más de dos mil quinientos años había hombres que memorizaban y recitaban miles de versos sobre las gestas de aqueos y troyanos enfrentados en combates cuerpo a cuerpo que coloreaban con sangre fresca la monótona y polvorienta sequedad de la llanura.

Nuestras representaciones  de buenos y malos son míticas, en esa dirección señala la expresión de Ferlosio “nosotros los buenos“, y contra estas representaciones es contra lo que debe contraponerse toda reflexión moral sobre la conducta humana. Así comenzaba en 1983 el discurso con el que Ferlosio agradeció el I Premio de Periodismo Francisco Cerecedo, muy oportunamente rescatado casi 30 años después por la autora del artículo con el que cerramos 2018 en ferlonomics.

Para 2019 y el tiempo que esté por venir vamos a necesitar algo más que mitos y mucho más que suerte.

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Mesa redonda sobre la vida y obra de Ferlosio

Domingo 6 de mayo de 2008. 19:00-20:30h.

Instituto Cervantes de Madrid. C/Alcalá, 49.

https://hermes.cervantes.es/FichaWeb/119036/105

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Ya en librerías

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J. Benito Fernández, El incógnito Rafael Sánchez Ferlosio. Apuntes para una biografía. Madrid, Árdora, 2017.
ISBN 13: 978-84-88020-60-4.
24 euros.
(Dónde comprarlo)

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Rafael Sánchez Mazas

Sobre la biografía de Ferlosio que acaba de publicarse.

El libro:

J. Benito Fernández, El incógnito Rafael Sánchez Ferlosio. Apuntes para una biografía. Madrid, Árdora, 2017.
ISBN 13: 978-84-88020-60-4.
24 euros.

Una entrevista al autor:

“P.- A la biografía de su padre le dedica bastante espacio en el libro.
R.- Es que Sánchez Mazas es un personaje fascinante. Su vida está recorrida por la suerte: Luca de Tena lo envía a Roma de corresponsal, allí conoce a Liliana, hija del banquero millonario del Vaticano, Romolo Ferlosio, luego estalla la Guerra Civil Española, se libra de la muerte y al fugarse de prisión, de la que le salva Indalecio Prieto, se pone a salvo en la embajada y más tarde se escapa de esa misma embajada. Se fuga, se libra de un fusilamiento. Acaba la guerra, Franco le nombra ministro, pero como era tan vago, indolente e inútil para cualquier asunto práctico, lo cesa y le quita su sueldo de ministro. Tan mal lo pasó que mandó a sus hijos y mujer a Roma a vivir del abuelo, pero cuando está al borde del colapso económico, cuando está él mismo a punto de embarcar para Italia, recibe una llamada de Coria en la que le dicen que ha muerto su tía Julia Sánchez Hernández y que él es heredero de una fortuna que le acaba convirtiendo en terrateniente y vive toda su vida de las rentas. ¿No es increíble?
(…)
Sánchez Mazas no era un político. Era un hombre cultísimo fascinado con la estética del fascismo. De hecho intercede ante Franco por amigos suyos de izquierda. No era capaz de matar a nadie. La política le aburría, por eso no iba a los consejos de ministros. A mí Soldados de Salamina me gustó, y no pongo en duda el relato de Cercas del fusilamiento fallido sino el de Sánchez Mazas ante su familia. Es demasiado novelesco. Pero él lo contó así siempre, se lo contó así a sus hijos.”

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Rafael Sánchez Mazas

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El nacionalismo

El nacionalismo me produce claustrofobia. Me da igual que la rojigualdez sea española o catalana. O Polaca. O de Marte (tiempo al tiempo). El nacionalismo es como un ascensor: es estrecho y solo sube y baja, pero nunca va a ninguna parte.

Ferlosio manifestó hace unos días algo que los periódicos han reflejado y reproducido hasta la saciedad: el aburrimiento que le produce la cuestión catalana.

El aburrimiento, la estrechez y otras sinrazones aumentaron últimamente mi necesidad de cosas buenas y bellas, así que, para asegurarme el disfrute, decidí leer solo autores con garantía, en este caso, garantía austrohúngara: Robert Musil, Joseph Roth, Franz Werfel, Stefan Zweig.

Que las obras de todos ellos muestran el ocaso del imperio austrohúngaro a comienzos del siglo XX es algo sabido. Lo que nos interesa en este caso es que ese ocaso está entretejido, en todas las novelas, ensayos y artículos periodísticos, con la crítica de los por entonces nacientes y crecientes nacionalismos europeos -lo que se reflejó en el fuerte desarrollo de las literaturas nacionales-, el cuestionamiento del concepto de patria y la defensa del cosmopolitismo –encabezada por Zweig. Si bien todo esto es inseparable de una defensa del imperio que hoy resulta no solo trasnochada, sino difícilmente sostenible, sí tiene interés constatar la actualidad de los problemas descritos en estos textos de hace un siglo: la violencia (entonces la IGM), la xenofobia (entonces el antisemitismo) y la migración forzosa (entonces el exilio judío).

La más feroz crítica del nacionalismo la encontramos en Roth, pero no en sus obras mayores, como La marcha Radetzky o La Cripta de los Capuchinos, sino en en una novelita de 59 pequeñas páginas. De su protagonista, el conde Morstin, nos dice Roth que:

“No se consideraba ni polaco ni italiano, ni tampoco un aristócrata polaco ni un aristócrata de origen italiano (…) era uno de los más nobles y puros tipos del austriaco sin más, es decir: un hombre por encima de las nacionalidades y, por consiguiente, un auténtico noble” (p. 6)*.

Roth asegura que a nadie se le hubiera ocurrido una cosa tan absurda como la de preguntarle al conde por su nacionalidad, pero, si así hubiera sido, el conde se habría quedado “perplejo” y, como Ferlosio y muchos de nosotros, “aburrido”. Y es que el conde hablaba todas las lenguas europeas, se sentía como en casa en todos los países de Europa y sus parientes y amigos vivían por todo el ancho mundo. Cuando el conde se pregunta a sí mismo qué será la patria, duda entre “el uniforme de los gendarmes y guardas de aduana” o “el pino y el abeto, el pantano y la pradera, la nube y el arroyo” (p. 26) y concluye que la única patria posible es una patria para los apátridas (p. 27). Para más inri, cuando el conde tiene que salir de viaje, descubre que después de la Gran Guerra son necesarios el pasaporte, el visado y otras férreas formalidades.

Roth aprovecha para citar al dramaturgo austriaco F. Grillparzer (1791-1872), quien escribió eso de: “de la humanidad a la bestialidad por el camino de la nacionalidad”, y caracteriza el nacionalismo como el más bajo y vulgar de los afectos, algo que solo sienten aquellos que quisieron y no pudieron por falta de talento.

Justo antes de que el conde tome la decisión de dar protagonismo a lo que da título a la obra, mantiene un jocoso diálogo con un tabernero judío llamado Salomón en el que salen a relucir varios binomios que tienen un pie en el viejo mundo del sacrosanto imperio de los Habsburgo y el otro en el nuevo mundo del hombre moderno al que tanto ridiculiza Musil en El hombre sin atributos.

Previa mención de Darwin, el conde alude a esta nueva necesidad de los hombres de pertenecer no ya a distintas especies, sino a distintas naciones, y se plantea la posibilidad de que sea el mono el que descienda del nacionalista, y no viceversa. Y no contento con blandir irónicamente la espada de la ciencia, empuña también y en el mismo tono la de la religión:

“Tú que conoces la Biblia, Salomón, sabrás que en ella está escrito que el sexto día Dios creó al hombre, no al hombre nacional” (p. 21)*.

Dense el gusto de lo bueno y de lo bello: cambien la prensa y televisión por las novelas de Joseph Roth. Los problemas  siguen siendo esencialmente los mismos, el tratamiento es de altura y resulta delicioso, irónico y elegante y nunca, nunca, aburrido.

Y recuerden a Roth: la nobleza no la dan los apellidos, sino el saber sobreponerse a la tentación de la identidad. Lo demás nos aboca a la guerra.

* Joseph Roth, El busto del Emperador. Barcelona: Acantilado, 2011. Trad.: I. García Adánez.

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“(Anti-España, 2). ¡Ay, Dios mío! Tengo miedo de haberme vuelto tan histérico para ciertas cosas que ya es que no me van a aguantar ni las paredes. Me basta con que se me junte, por un lado, en el rabillo del ojo el tremolar de la más inocente rojigualda, limitándose acaso a celebrar la cobertura de aguas de una obra, por otro, ya de frente a la pupila, un cartel de toros de una corrida en Castellón de la Plana todavía chorreando pegajosos y hasta obscenos goterones de engrudo blanquisucio y, en fin, para rematar, en el oído cuatro o cinco compases de El gato montés o de Marcial, tú eres el más grande, allá en la lejanía para que, literalmente, me prendan fuego cuerpo y alma a la vez en medio de la calle y clame a toda voz, no sé si al cielo, a la tierra o al infierno, como si fuese mi último suspiro ‘¡¡¡Odio España!!!’ (Os juro, amigos, que no puedo más).”

Rafael Sánchez Ferlosio, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos.

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